sábado, 11 de octubre de 2008

Somnífero

Nadie conoció su nombre. En la Alameda le llamaban el Errante, otros el flaco lo cierto fue que cuando se le cumplió el sueño, los vecinos no encontraron un nombre para recordarlo.

Vivía en un apartamento de Alameda desde hacía diez años, había heredado de su madre, una empresaria extranjera, bienes de finca raíz con una considerable fortuna que le hubiera permitido vivir tranquilo, de no ser porque junto con la herencia le sobrevino un insomnio eterno que ni el licor pudo contener. El flaco nunca podía dormir más de dos horas por día y así había sobrevivido los últimos dos años.

En el vecindario lo veían con toda clase de talismanes colgándole del largo cuello blanco, se había sometido a tratamientos médicos y estudios científicos, había prestado su cuerpo a experimentos paranormales de los Rusos, había probado recetas con raíces tibetanas y se había internado en monasterios aprendiendo toda suerte de meditaciones, manejo del cuerpo y la mente, pero nada le calmaba su agobiante cansancio. Todo había terminado por hundirle los ojos enrojecidos en la palidez de su cara y su cuerpo descarnado asustaba a los niños y enfurecía a los perros.

La última vez que volvió de viaje había estado con los indios del amazonas, a pesar de tomar menjurjes y participar en ritos sagrados, no había cambiado más que el color de su piel un poco verdosa, y había conseguido un dolor de cabeza que lo hacía caminar con los ojos cerrados, dando tumbos entre los andenes y los transeúntes.

Por esos días entró a la nueva botica atendida por el señor maderius y su joven hija, pidió un analgésico, al día siguiente dos y resultó comprando día tras día el doble de pastillas que el anterior, como si el dolor de cabeza no cesara, como si de repente fuera más fuerte que la pena de estar despierto viendo el mundo siempre, como si comprando solamente aliviara el dolor.

Quince días después lo encontraron ya sin respiración, tendido en el suelo, el cuerpo diáfano y el rostro afable, con una sonrisa suave y bella en los labios, en el bolsillo pastillas para la cabeza, en la mano una carta de amor. En la calle alameda la menor de las hijas del boticario le había robado lo que le quedaba de sueño.

Veleta del tiempo

Después de siglos perdidos, de haber visto solo la estela de su andar, después de confundírsele entre sombras eternas, de escapársele entre líneas adivinadas en sus manos, después de puertas cerradas, de miles de puentes cruzados y ventanas aún tibias en las que luego nunca estaba, se dedicó a buscarla en el futuro, reinventándola en el encuentro con la gente, dibujándola en mapas conocidos.

Por fin la encontró, sentada en la avenida Florencia, abanicándose con una elegancia japonesa y antigua, conservaba aún el vestido azul desteñido, el cabello lacio y la piel de nácar.

Se acercó temeroso con el aliento aleteante y el corazón golpeándole en todo el cuerpo. El murmullo del viento se interpuso y le pareció que la eternidad se congelaba en un segundo. Sus almas se encontraron en el preciso instante en que ella desapareció por la puerta de sus pupilas y una voz lo regresó del sueño.


Destino

El aire frío de la madrugada jugaba con las hojas que caían; al final de una acera, dos perros escarbaban con ansiedad en una caneca de basura; el silencio fue cortado por el ruido del vehículo. En medio de la soledad, el hombre bajó con agilidad, abrió la puerta trasera del carro y observó a la víctima sin sentir siquiera un atisbo de lástima ni una punzada en la conciencia.


Vestía impecable ropa blanca. Con fuerza sacó el cuerpo. Hábilmente lo colocó sobre sus hombros. Algunas gotas de sangre se deslizaron sobre su espalda. Una puerta se abrió, el amanecer se estremeció con sonido de cuchillos, mientras el cuerpo fue colgado con destreza y la sangre salpicaba el piso.


Su destino final quedaba en manos de los cocineros.



La canción

Cuando su tercera nieta nació, Amalia buscó en lo más recóndito de su corazón la melodía para arrullarla pero no encontró que tararearle, su garganta seca apenas emitía una vocecilla a punto de desvanecerse, debía buscarle un arrullo único a su nieta. Solo por esto decidió abrir el baúl de sus recuerdos. El olor a naftalina fue lo primero que salió del baúl de su infancia, tan celosamente guardado; en el fondo un vestido de fiesta, una imagen del sagrado corazón de Jesús, un sonajero artesanal que saldría de ahí solo para hacer dormir a la niña cuando estuviera a su cuidado, un sombrero de tela negro confeccionado por su madre en la máquina singer, un libro de oraciones y un sobre ocre con la carta enviada de su pueblo 40 años atrás.

La lectura de la carta trajo trozos de su vida encerrados y perdidos en la memoria; los años habían agrietado el pasado y cerró los ojos para ver que debía buscarse en el olvido. Entregó a su nieta el sonajero y salió en busca de la canción que ya había olvidado.

Volvió a su pueblo después de una larga ausencia. Había cambiado tanto que le pareció que se había corrido de sitio: el río que antes se extendía majestuoso era solo un hilo de agua gris; las calles de su recuerdo eran amplias, llenas de pomos florecidos, guamos y almendros que endulzaban la tarde amenizando la conversa de los viejos en el antejardín, acompañados por la melodía de chicharras y los gritos de los niños que jugaban a la golosa.

Ahora, las calles, polvorientas y amalgamadas por las lluvias, vestían de negro con una línea amarilla en el centro y unos cuantos huecos que olían a cerveza. Amalia recordaba el olor a pomos maduros, incluso podía recordar que cada barrio tenía un olor propio: había los que olían a pescado recién traído, a atarraya al sol, otros a hierba de golpe con la que las mujeres barrían la casa, algunos en particular- como el de la galería - a verduras revueltas con carne fresca de domingo o miércoles, otros tomaban el olor de los artesanos como aquel que expelía madera y fique de donde salían los sombreros más lindos de la región. Sí, los olores eran otros y prefirió recrearlos en su memoria para llenar su caminar por este pueblo ahora tan ajeno, evocando como cuando era niña el aliento fresco del río, el café de fogón y pan de queso recién horneado.

Siguió andando aunque sus pasos no resonaran en los del pasado y los sonidos no fueran los mismos; buscó rostros, no se encontró en ninguno, pero sí adivinó tras algunos por lo menos tres generaciones conocidas; le dolía recordar; era como si al respirar un halo frío le torciera los huesos. Fue entonces que reconoció, en el dolor de su espalda, el peso del recuerdo que terminaría por arquearle la figura, hasta obligarla a poner la mirada en la tierra, en el origen.

La antigua tienda de Ventura Gómez, cambiada cinco veces de dueño, terminó demolida para convertirse en gallera; las casas antiguas con sus puertas altas y pequeñas ventanas enrejadas, los andenes largos y macetas floridas, eran ahora un continúo de casas uniformadas, solo diferenciadas por el número en las placas; el parque central mantenía al único héroe extranjero en el pedestal y permanecían tranquilos los samanes sembrados por su abuela. Una explosión de risas al pie de uno de ellos le hizo volver la mirada mientras dos jóvenes se amaban sin disimulo. Recordó a su hermana sentada en ese mismo lugar, jugando y cantando con los amigos la canción que ella había creído les pertenecía solo a ellas porque su padre se las había dado con la voz, con los ojos y las manos como para que perdurara impregnada en la memoria.

Después de dos días encontró la casa, que surgió como de la nada en el mismo lugar que había preguntado por su familia; un puñetazo le golpeó el corazón; ahí en la misma esquina de su recuerdo estaba la casa de la soledad, la que había sido de la familia, la que todavía de mañana permanecía cerrada, bajo un mutismo que solo se interrumpió cuando ella tocó el aldabón. Cuando se abrió la puerta, frente a un joven que la vio como si la conociera desde hace mucho, ella sintió como una nube transparente se desprendía de las paredes de adobe del caserón e iba trayendo de las puertas de madera esa canción, la canción completa de la confianza. Con voz entrecortada Amalia hizo preguntas que el muchacho no entendió; luego, entró con decisión buscando la fuente de la canción que retumbaba en sus oídos; vio en el fondo recostada en una mecedora de mimbre a una anciana cuya cabeza blanca era demasiado grande para el cuerpo pequeño y enjuto; la anciana, a cada segundo y con el constante terremoto de sus manos, se acomodaba en su cabeza un sombrerito de tela que nunca terminaba de arreglarse.

La mujer se levantó como una pluma, dejó caer por fin su sombrero y se acercó a Amalia; vio que el tiempo había pasado sin tregua, la vio tan igualita con el cuerpo enjuto, la cabeza blanca, los ojos resecos, la piel cuarteada por el tiempo y la marca de lunares de la familia en las mejillas, no pudo sostener más la mirada; sus ojos brillosos y titilantes soltaron una cascada retenida por el tiempo; - ¿escuchas las canción? - preguntó casi sin aliento después de varios años de no habérsele escuchado palabra y siguió hablando con una voz redonda y suave; - todos parecen sordos, solo yo la escucho en esta casa, hace tiempos te he estado esperando para que la descifremos - y las dos se abrazaron con un rayo de luz en las pupilas.

Amalia se estremeció al sentir como la canción inundaba toda la calle, parecía que la gente que pasaba la tarareaba; al volver a ver a su hermana, comprendió que su nieta tendría una canción, que siempre hay un camino a los orígenes y que uno es de donde lo arrullaron por primera vez.


Estos dos textos fueron incluidos en Maniguaje. Caquetá... también cuenta (2007).